Diario

Fe de erratas

Escrito por Satoricha | Jan 19, 2026 6:53:43 AM

Debemos examinar si esto debe hacerse [praktéon] o no, porque yo, no solo ahora sino siempre, soy un hombre que únicamente se deja convencer por el argumento [lógos, razón] que, después de una reflexión, me parezca el mejor. No puedo tirar por la borda los argumentos que he formulado en el pasado [solo] porque me ha tocado este azar. Me parece que se mantienen [intactos, como antes] y los respeto y honro como antes. Si no somos capaces de decir algo mejor que esos argumentos, ten claro que no estaré de acuerdo contigo, aunque la mayoría nos asuste con mas espantajos, amenazandosnos con prisión, muerte o pérdida de bienes. (Gómez-Lobo, 1989, pp. 95–96).

Felices fiestas. Feliz año nuevo. Y, probablemente, feliz cumpleaños.

Ha pasado tiempo desde el último artículo y puede parecer abandono, pero no lo es. En la oficina no se ha parado: se han hecho cambios, se han descartado cosas, se han cerrado canales. No por capricho, sino por una razón simple que muchos dicen defender y pocos practican: mejorar implica renunciar.

El inicio es filosófico para advertir ya que en el artículo anterior se preguntaba “¿Qué esperas?”, dejando claro que no existe una respuesta de talla universal. Aquí el problema es otro: el daño que se produce cuando dejamos de cuestionarnos con rigor, o peor aún, cuando confundimos cuestionar con dudar de todo sin criterio.

Cuestionar lo que se da por sentado es necesario. No hacerlo es estupidez. Hacerlo sin medida es parálisis. Ambas conducen al mismo sitio.

Es habitual que, al inicio o al cierre de ciclos, al fin de año, en nuevas etapas, en rupturas, en comienzos laborales, se repartan felicitaciones vacías. Se nos ha entrenado para creer que un cambio de fecha equivale a un cambio de esencia. Como si el calendario tuviera la capacidad metafísica de absolver errores, resetear fracasos y prometer redención automática.

De ahí la falacia cómoda y popular: “Nuevo año, nuevo yo”. 

¿Quién decidió eso? ¿En qué momento aceptamos que la mejora personal depende de una convención solar?

Nuestra mejor versión no está esperando al primero de enero. Nunca lo estuvo. Y mientras sigamos posponiéndola, seguirá sin aparecer.

Somos, nos guste o no, un barco de Teseo.

El viaje es largo. El mar no perdona. Algo se rompe, se repara, se sustituye. Una tabla hoy, un mástil mañana. Nada permanece intacto. Al llegar a puerto, ninguna pieza es la original. Y aun así, el barco sigue siendo el barco.

Entonces la pregunta es inevitable: ¿sigue siendo el mismo o es otro distinto?

Eso mismo ocurre a nosotros. No morimos ni renacemos cada año. No tocamos tierra firme al cambiar de calendario. Seguimos siendo el mismo navío, reparado, parchado, transformado… pero continuo.

Y aquí es donde la creencia popular falla: se nos ha hecho pensar que el tiempo para mejorar está sujeto a fechas simbólicas, que hay plazos “correctos” para leer, aprender, cambiar, sanar. Como si hubiera una fecha de caducidad para empezar a hacernos cargo.

El fin de un año no borra nuestros males. El inicio del siguiente no nos salva.

Y aunque nos hayamos reparado durante la travesía, no hemos dejado de ser quien somos.

Aquí la duda sí es necesaria. No para destruirlo todo, sino para examinarlo. Para revisar virtudes y vicios propios, no los ajenos primero. Y entonces la pregunta vuelve, incómoda:

¿Somos leal a lo que nos enseñaron, incluso cuando sabemos que está mal, o estamos dispuestos a obedecer al lógos aunque eso nos obligue a desmoronarnos temporalmente?

Recuerda cuánto tiempo has estado posponiendo esto, cuántas prórrogas te dieron los dioses y no las usaste. En algún momento tienes que reconocer a qué mundo perteneces; qué poder lo gobierna y de qué fuente provienes, que hay un límite al tiempo que se te ha asignado, y si no lo usas para liberarte, se habrá ido y nunca volverá. (Aurelius, 2003).

No es justo exigirle a cada individuo que se “supere” según una expectativa colectiva cronometrada. La narrativa del borrón y cuenta nueva no solo absuelve errores: también elimina los aciertos. Y eso es una forma sutil de negarnos a nosotros mismos.

Seamos justos con nosotros mismos. No borremos la historia que nos construyó. Todo lo que fuimos y somos convive en la misma estructura. No hay una parte “original” y otra “reparada”: son la misma cosa. No es la madera la que define al barco, sino aquello que lo mantiene unido.

Por eso hay que apresurarse. No solo porque cada día nos acerca a la muerte, sino porque nuestra capacidad de comprender puede desaparecer antes de que lleguemos a ella (Aurelius, 2003).

Nadie más va a decidir por ti cuándo empezar o cuándo terminar.  Si esperas la señal perfecta, ya estás llegando tarde.


“En este mundo en el que se juega con los dados cargados, un hombre debe  poseer temple de hierro, armadura a prueba de los golpes del destino y armas  para abrirse camino contra los demás. La vida  es una larga batalla; tenemos  que luchar a cada paso; y Voltaire muy atinadamente que, si triunfamos, será a punta de espada, y que morimos con las armas en la mano.” ~ Arthur Schopenhauer, Parerga y paralipmena, 1851.

 

 

Satoricha ~

P. D.: Aqui estoy Gu Shu ^^

 

Referencias

Aurelius, M. (2003). Meditations (G. Hays, Trans.). Random House Publishing Group.

Gómez-Lobo, A. (1989). La ética de Sócrates. Fondo de Cultura Económica.

Suárez Girard, A.-H. (1997).

Lun Yu, reflexiones y enseñanzas (A.-H. Suárez Girard, Ed.; A.-H. Suárez Girard, Trans.). Editorial Kairós SA.